En el valle donde antaño los Top Gun españoles afinaban su puntería disparando desde cazas que rompían la barrera del sonido, hoy se levanta un apacible aeropuerto -sin pasajeros-. Desde aquí no se va a ninguna parte. No hay tiendas Duty free donde comprar el último perfume ni gente transitando aburrida de un lado para otro a la espera de su vuelo. Los aviones que llegan hasta este inmenso solar, equivalente a 340 campos de fútbol, vienen a que les hagan un lifting urgente o para jubilarse. Se mire adonde se mire, todo lo que se ve es mecánica carísima, aviones que llegaron a costar más de 100.000 millones de euros y que, tras cruzar miles de veces los cielos del planeta, esperan su último destino. Este es el parking de aviones más grande de Europa y uno de los mayores del mundo: 80 grandes aeronaves, perfectamente alineadas, que tras cruzar miles de veces los cielos del planeta, permanecen ‘varadas’ como reliquias de un pasado glamouroso.

Estamos en el aeropuerto de Teruel -también llamado Plata (Plataforma Aeroportuaria-Teruel)-, una gigantesca superficie, 340 hectáreas, rodeada por un horizonte desértico que parece no tener fin. Sí, Teruel existe. Y su aeropuerto vuela con viento a favor. «Los ingresos ya doblan a las inversiones», asegura el director de la instalación, Alejandro Ibrahim Perera, ingeniero aeronáutico de origen canario. Es el milagro poco conocido de una tierra históricamente olvidada, aunque no falta de ingenio, que ha sabido transformar su ruinoso aeropuerto en una industria puntera que da empleo a 360 vecinos y que en sólo cinco años ha conseguido seducir a las principales compañías aéreas del mundo. Hasta el punto de que al aeropuerto de Teruel se le compara con el del desierto de Mojave, en California, donde se prueban las más grandes aeronaves comerciales así como las destinadas a la exploración espacial. «La única opción -resume Alejandro Ibrahim- era reinventarse… O morir». Optaron por la primera. ¿Quién iba a ir a Teruel en avión? ¿A qué? Los 45 millones invertidos en la época de vacas gordas, cuando la crisis, suponían un despilfarro y una carga añadida al ya de por sí empobrecido Este aragonés. Se mascaba una ruina colosal. Sin hacer ruido, la capital de provincia menos poblada de España (apenas 34.484 habitantes) supo reinventarse y convertir su terminal aérea en un estacionamiento de grandes aviones.

En Teruel ya nadie se asusta al ver enormes Boeing 747, preparados para llevar 400 pasajeros a bordo, aterrizando junto a la carretera comarcal. No así el visitante ocasional cuando se encuentra con una flota de decenas de aviones aparcados en fila entre los que sobresalen gigantes como el Airbus 330 y Jumbos. La oferta es amplia y variada. Muchos de estos aparatos vienen aquí para ser desguazados y sus piezas más caras aprovechadas, para que les hagan un mantenimiento completo o un lavado de cara con vistas a recolocarlos en el mercado. Un ejemplo: de los 40 aviones rusos llegados tras la quiebra de la compañía propietaria, ya sólo quedan tres. Los otros 37 fueron colocados en el mercado por el nuevo dueño, que se los había comprado a la compañía rusa. El último en aterrizar, el jueves día 4, un Airbus 330 con capacidad para 335 pasajeros.

No sólo del parking, mantenimiento y reciclaje (los tres pilares de la idea original) vive el aeropuerto de Teruel. Con espacio para 250 aeronaves, son ya 10 las empresas que han instalado aquí sus oficinas y laboratorios de desarrollo. Su primer gran cliente, la compañía Tarmac, filial del gigante europeo Airbus, escogió la capital aragonesa con el propósito de ampliar su capacidad de almacenamiento de aviones. Incluido el A-380, el mayor del mundo, para el cual se ha construido una pista de aterrizaje de dos kilómetros y medio de longitud. Y es que en esto, Teruel, pese a la carencia crónica de infraestructuras, va viento en popa. «Llegado el momento, podríamos incluso llegar hasta las 500 plazas», añade el director del aeropuerto, en el año en que se cumple el quinto aniversario de la puesta en marcha del parking aeronáutico. Lo que convertiría el antiguo campo de tiro del Ejército del Aire en un coloso mundial del sector. Su presente no sólo pasa por ser uno de los mayores aparcamientos de aviones del planeta.

Cohetes y coches

Su enorme tamaño y la posibilidad de gozar de un cielo limpio la mayor parte del año también le confieren unas condiciones óptimas para la investigación y el desarrollo de naves espaciales. El ejemplo es PDL Space, una empresa fundada en 2011 -entre las 10 startups españolas más relevantes de 2017- por dos ingenieros nobeles de Elche y cuya idea es lanzar en 2019 desde Teruel su primer cohete con un microsatélite a bordo. El banco de pruebas de cohetes está casi terminado y los motores ya han sido probados. Se trata de un proyecto pionero en Europa que podría revolucionar, según PDL Space, la industria espacial del continente. De hecho, la Escuela Nacional de Aeronáutica de Francia ha escogido Teruel como el lugar idóneo en Europa para la puesta en marcha de vuelos suborbitales.

El aeropuerto cuenta también con una escuela de pilotos, Flying Time Aviation, una de las únicas academias británicas de entrenamiento de vuelo, que desde septiembre de 2016 opera en el aeropuerto Plata de Teruel. O Delsat Aeronautics International, que desarrolla drones y ofrece servicios como seguridad y vigilancia desde el cielo, análisis de infraestructuras y edificios, control de cosechas, publicidad o vigilancia del patrimonio cultural.

Ibrahim Perera habla de un futuro aún más prometedor. «En los próximos 20 años habrá que reciclar 12.000 grandes aeronaves en Europa construidas en los años 80». Las cuentas, según él, salen a ganar. «Somos rentables», asegura. El año pasado el parking del aeropuerto de Teruel ingresó dos millones de euros, el doble que gastos. Un día de aparcamiento, dependiendo del modelo de avión, oscila entre 1,28 euros (por ejemplo, una avioneta) y los 232 euros que cuesta aparcar un Jumbo con capacidad para 500 personas. Teruel va a por todas.

«Somos más baratos que el aeropuerto más barato de España», apostilla el máximo responsable de la instalación. El clima de Teruel, frío y seco, no sólo es ideal para la cura de jamones. Es también una bendición para las grandes compañías aeronáuticas, ya que los aviones sufren menos a la intemperie. A lo que hay que sumar unos precios competitivos y unos servicios (todos los empleados, entre los que hay ingenieros, informáticos, electricistas, técnicos de vuelo, etc., están cualificados para trabajar específicamente en el sector aeronáutico) han conseguido atraer los más famosos modelos de la aviación comercial (Boeing, Airbus, Bombadier…). Vienen de lugares tan remotos como Kuala Lumpur, Taipei, Tokio, Abu Dabi o Francia y Alemania. Aquí pueden permanecer unas semanas para una revisión en profundidad hasta cinco meses. «Las partes que se pueden aprovechar, sobre todo de los motores, lo más caro de un avión, se retiran y el resto del aparato se recicla», explica Ibrahim.

Con las tripas al aire

A algunos de estos colosos del aire, con más de 180.000 kilos de peso, les han mutilado las alas, están sin ventanas o con las tripas al aire. A otros ya les han quitado los motores (la parte más valiosa, 30 millones de euros uno nuevo) y el tren de aterrizaje, y les han vaciado las entrañas. Verlos desnudos impresiona.

Fue en 2009 cuando esta apuesta se convirtió en un proyecto estratégico. Y nadie quería que se repitieran los desastres de los aeropuertos de Ciudad Real, Castellón y Murcia. Para lo cual se creó la Plataforma Aeroportuaria de Teruel (PLATA), un consorcio público en el que el 60% de los 45 millones de euros invertidos pertenece al Gobierno de Aragón y el 40% restante está en manos del Ayuntamiento de Teruel.

José Luis Soro, que preside el Consejo Rector de PLATA, señala a Crónica que la importancia para Aragón de este aeropuerto va más allá de la rentabilidad económica que se pueda obtener, que también se consigue. «Es una cuestión de rentabilidad social, de cómo se crea empleo en Teruel y de qué tipo de empleo, en este caso cualificado, se está generando». El objetivo es seguir creciendo, ampliar los acuerdos de colaboración con otras instituciones, como la Universidad de Zaragoza…».

Plata va creciendo. Es como un puzzle al que se van añadiendo piezas. Y no sólo de altos vuelos. Firmas como Mercedes, Opel, Honda o Volvo acuden a estas instalaciones a rodar spots publicitarios de sus últimos modelos. «Vienen 60 o 100 personas con sus equipos de cine y tienen las pistas enteras para ellos», comenta Ibrahim, quien se despide con la frase que esta semana resonó por la calles de Zaragoza: «Escriba que Teruel también existe». Sí. Y su aeropuerto va como un tiro.

EL MUNDO

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